Inicio
Poesía
Cartas
Egipto y el sol
   
 




El pensamiento es libre. El ser humano lucha constantemente por alcanzar la libertad. Siempre he considerado la libertad individual como un valor fundamental e inalienable, si bien al mismo tiempo una meta tal vez incalcanzable. La libertad es un ideal; la libertad es quizá tan sólo una utopía.

En esta misma línea, procuro tener siempre presente esa frase que dice que la libertad de uno acaba donde empieza la de otro. Es algo importante: el respeto, la tolerancia, el vivir y el dejar vivir.

A continuación me expreso sin contenciones, sin ataduras, en mundos a caballo entre la realidad y la fantasía, en ese universo complejo y confuso que es mi mente, que es la mente de todos. Busco liberarme. Pero quiero hacerlo según mis principios. No me gustaría herir las sensibilidades de nadie.

Y tal vez lo haga.

Así que quiero dejarlo claro, aquí, desde el principio. Pido perdón a todo aquel que pueda sentirse ofendido. Y si alguien considera que he tocado un tema demasiado personal, y que le duele, y que no quiere verlo presente en esta página, no tiene más que avisarme. Le escucharé. Probablemente lo retire.

El pensamiento es libre. Los sentimientos se escapan a borbotones sobre el papel. El corazón habla, y lo hace con amor, incluso si muchas veces sus palabras son duras.

Pero este papel es ahora público. Hay una gran diferencia. Ya expliqué en la introdución a mis poesías que no entendía bien que las cosas privadas se airearan a la vista de todos. Esto es mi arte, por decirlo de algún modo, porque esa palabra me queda demasiado grande. Esto es mi arte y este sitio web es mi exposición.
El arte a veces se vuelve personal, aunque no quieras. Mi libertad acaba donde empieza la vuestra. Si os sentís vulnerados, tan sólo avisad.

Muchas gracias.


Templos caídos que un día acogisteis ídolos, ¿qué sois ahora? Sólo ruinas que la gente apenas contempla, piedras ya vacías de significado que languidecen en las sombras de lugares impíos; despojos, expolios, quizá; trofeos de extraños que a veces dicen añorar y tan sólo sonríen, avaros, ante vuestra desgracia.


Oh, templos de imágenes derrumbadas, de pinturas ya descoloridas, de paredes derruidas que ya nadie volverá a levantar. Porque aunque os levanten, ¿qué será ese nuevo templo? Tan sólo un edificio hueco y sin sentido, un sucedaneo agridulce de un pasado glorioso que ya no volverá.


¿Glorioso en verdad? Quizá no, quizá ni siquiera cuando el oro cubría vuestras cúpulas vuestro brillo era real; tal vez la vana gloria era tan ilusoria entonces como esos dioses que cobijabais, tan efímera como la cera o el incienso consumido, como el humo sagrado que se pierde.


¿Cómo fue el pasado? Eso ya nadie lo recuerda, ni siquiera las viejas piedras antaño adoradas, ni siquiera ellas. Pues a las malas hierbas que crecen a su lado y las devoran sólo les cuentan leyendas, historias imaginadas, recuerdos distorsionados de una realidad transitoria, imagenes fijadas como auténticas en realidad falsas.


Templos caídos, cuando ya ni como ruinas hayáis existido, ¿qué dirán de vosotros las tierras sobre las que reposasteis? Que lo fuisteis todo, tal vez, que no fuisteis nada; y cualquier afirmación será mentira. ¿Acaso importa la verdad? La verdad nadie la conoce. Lo único que importa, templos, es que hayáis existido.



Oh, mundo, hace tanto tiempo que me separé de ti, hace tanto tiempo que traté de alejarme... que ya ni siquiera recuerdo cuál es el camino para volver a ti.


He paseado por tus calles tratando de no pisarlas, tratando de no respirar tu aire, de estar tan lejos que ni siquiera mis ojos pudieran apreciarte.


No te necesitaba, no, no te quería, hasta te despreciaba.


Oh, mundo, ahora te necesito y te debo buscar pero, ¿por dónde empezar?


Quizá ya sea tarde para volver. Tanto tiempo jugando contigo... ¿me aceptarás si te reconozco que me he confundido?


Pero estoy asustada, y perdida. Mis fuerzas se acaban ahora y no tengo valor para afrontar la derrota. ¿Dónde están los intrépidos solitarios en los que me inspiraba entonces? Ellos no fracasaron, ¿o quizá sí? Pero ellos nunca se sintieron tan desdichados, tan vacíos, tan perdidos, tan lejanos, tan débiles...

Oh, mundo, dime, ¿cuál es el camino? ¿dónde se esconde la esperanza? Esperanza, sí, sólo eso busco. Esperanza en el futuro, esperanza en el presente. ¿Dónde fue donde la perdí? ¿En el camino? Quizá no, quizá con ella ni siquiera partí, quizá creí que no la necesitaba.

Oh, luz, oh, sombra... ¿Cuándo dejé de creer en vosotras? ¿Cuándo dejé de creer en la espada y en la sangre, y el mar ya no me importó?

Estoy mirándome la mano, el río que cae en cascada hasta el suelo. Estoy buscando mi alma y a mi alrededor el vacío me envuelve. Primero blanco, después negro. Día. Noche. Es un río rojo, es hermoso, tal vez. Ya no lo sé.

Oh, mundo, ¿podrías darme la mano? ¿Podrías tomarme entre tus brazos? Quizá así, ¿quién sabe?, vuelva a sentir.

Gata protege a sus recién nacidos


Hola, Muerte:

De nuevo has venido. Has vuelto tal y como anunciabas. Hace ya unas horas que te colaste silenciosa en su estancia, cuando nadie lo notaba. Llegaste con suavidad, porque tu compañera Enfermedad ya había dado paso al sufrimiento, y cambiaste los golpes de ésta por una caricia. Sí, le tocaste levemente su rostro ya demacrado y le diste quizá ese aire de tranquilidad que hacía tiempo había perdido.

Aún estás ahí. No te has marchado. Nos acompañas esperando impertérrita el último suspiro. Todos lloran pero tú no tienes lágrimas que derramar. Todos sufren, pero para ti no hay sentimientos. Tú no eres una persona. Tú no existes.

Pero estás ahí, con ese consuelo que a veces suena tan hueco de la vida eterna, esa frase ya desgastada por el uso de que sólo eres un paso más, un paso último y definitivo, a la felicidad perpetua. Y cuando miramos su cuerpo quieto, aún sosteniendo ese tenue hilo de vida y esperanza, pensamos en ello, creyendo que quizá para ella sea cierto, que quizá para ella haya llegado la hora del merecido descanso, que quizá, ¿quién sabe?, ésa sea la mejor opción.

Mas, ¿qué será de nosotros, Muerte? ¿Qué será de aquellos que se quedan solos con un recuerdo empañado de épocas más felices, donde aún estaba ella? ¿Qué será de aquellos que queden envueltos en la amarga nostalgia de aquella gran casa vacía? Hasta el pájaro se sentirá triste y no cantará, y permanecerá sombrío en su jaula, sin comprender la ausencia de su estimada dueña.

¿Qué será de nostros, Muerte, cuando ese hilo que todavía la sostiene a este mundo se quiebre, y su espíritu vuele libre a ese lugar o ese tiempo que sólo Dios conoce?

Oh, Muerte, hoy clavas un puñal más en todas y cada una de nuestras almas, derramas de nuevo esa sangre invisible de los corazones de nuestras familias, nos dejas heridos en nuestro silencio, sin inmutarte. Porque para ti no hay dolor, porque esto es lo que haces todos los días, lo que has hecho desde el principio de los tiempos y harás hasta su final, porque eres una parte más de la esencia agridulce de la existencia humana.

Y hoy abres la ventana de esa habitación, e invitas a su alma sufrida a abandonar ese cuerpo ya desvalido, a cruzar el aire ya cansado de la estancia, rozarnos apenas en su último adiós y marchar lejos, a un lugar donde el mal de este mundo no penetra.

Ha llegado la hora y quizá sea lo mejor. Dios así lo ha querido. Y, ¿qué ser mortal puede oponerse a sus designios?

Pero él está ahí, con los ojos vidriosos, las manos temblorosas. Tartamudea unas palabras a su amada sin saber exactamente quién las recibirá. Está sentado, abrumado, probablemente no sólo sienta el dolor de la pérdida si no también el miedo: porque está solo y para él no hay consuelo. Para él no hay paraíso que se abra hoy, ni ángeles blancos que le cubran con sus alas. Sólo personas oscuras que le abrazan y luego se van, flores que luego se marchitan y una fría piedra que en nada puede recordarle a la calidez y la bondad de su mujer. Para él no hay cielo que se abra hoy, si no es para llover, y queda en esta tierra nuestra, apenado, soñando quizá que le visites de nuevo y sea temprano y esta vez le abras a él esa misma ventana, liberes su espíritu de las cadenas de este cuerpo imperfecto y le permitas llegar de vuelta junto a ella, para volver a ser feliz.



Hay mucha gente a mi alrededor y estoy sola... Creo que no soy la única que se siente así, observando solitaria el devenir de este mundo, con ese aire de falsa y repugnante indiferencia.


Hay alguno que apenas conozco que se rodea de mucha gente y nadie cree en su soledad. Pero incluso cuando le hablan su corazón se siente abandonado y su mente estenuada no quiere ya más razonar. Él mira al mundo, rotando eternamente, pensando que nada ocurrirá, y desea con vengativa expectativa su final.


Todos alguna vez nos sentimos solos; y entonces apagamos las luces de nuestro pequeño hogar, para tirarnos desesperados sobre la cama del desconsuelo, llorando inútilmente sin nada esperar. Y miramos al mundo, y algunos creemos odiarlo y rechazamos su piedad, mas otros, aferrados a ese hilo de débil esperanza, le sonríen apenas y, sin  rencores, olvidando los males pasados, lo vuelven a abrazar.


Oh, ¿quién no ha dado la espalda al mundo alguna vez? ¿Quién no ha dado la espalda a todo?

Pues pozos negros hay en las almas de todos y el sufrimiento es común a todos los seres.

Oh, ¿quién no ha sentido el gélido viento que trae consigo la tristeza?

Pues incluso los más alegres cubren sus pechos con abrigos ilusorios, con vanas chaquetas de ideas que ya perecieron y que, sin embargo, no quieren olvidar.

Oh, ¿quién no ha sufrido alguna vez la acometida salvaje del miedo?

Pues hasta los más osados guardan bien escondido un resquicio de pánico que nunca les abandonará, y se entregan a veces, vencidos, a las redes fantasmagóricas del terror.

Mira bien a esa gente corriente que nunca habló de debilidades y problemas. Observa atentamente. Porque el mundo es cruel con todos, porque todos somos humanos.

Y aunque a veces pintemos nuestro mundo gris con bellos paisajes multicolores e inundemos de música gozosa nuestro silencio tétrico, nunca podremos del todo borrar las huellas de la infelicidad perpetua, que nos ataca con saña y nos impide vivir... y nos obliga a soñar con sufrida nostalgia.

Porque todos pensamos que existió una época en la que fuimos felices pero pocos creen que podamos de nuevo encontrarla.

Un camino por recorrer


Te marchabas, y quise gritar; sin embargo, callé. Te alejabas, en silencio, te perdías entre esa niebla vaga que cubre los sueños, y quise llorar; mas oculté mis lagrimas en un nítido manto de hielo, y te dejé huir, hacia la nada, para pasar a no ser nada, para convertirte tan sólo en un espejismo de un pasado incierto.

No dijiste nada; tomaste ese equipaje lleno de sentimientos, cogiste tu vieja maleta de sueños, y comenzaste a caminar, sin siquiera decir adiós. Delante tuya, sólo se extendía el vacío, a tus espaldas sólo quedaba la incertidumbre, la inseguridad... Y quise temblar, y quise suplicarte que te quedaras, quise dejar de ser fuerte, dejar de ser valiente, y ser tan sólo humana... y decirte, y rogarte que no te marcharas.

Desapareciste, tan impasible, tan frío como lo habías sido siempre; tan seguro de ti mismo, de tu presente, de tu futuro... Pero más allá no había nada y tú lo sabías.

Quedé con la mirada absorta en esa niebla difusa, tratando todavía de distinguir tu figura, tratando inútilmente de ver tu rostro, que arrepentido volvía. Pensaba en salir corriendo y perderme contigo, huir con tu sombra a cualquier lugar que me deparara el destino, luchar contra él si hacía falta, luchar contra todo y... contiuar.

Pero no éramos tú y yo dos amantes jugando a querernos, sino dos soldados jugando a la guerra, y la guerra ya terminaba.

Me he preguntado todo el tiempo porqué hicimos todo esto, porqué tuvimos que acabar, porqué traicionarnos a nosotros mismos, olvidarnos a nosotros mismos; marchar tú, quedar yo y guardar silencio, como si el pasado sólo fuera pasado y no doliera aún en el presente.

Sin embargo, todo ha terminado, te he perdido y me has perdido. El juego ha acabado. Todo no es ahora más que un recuerdo tenue, un fantasma de tiempos pasados; no somos, tú y yo, más que escombros de aquel viejo templo, más que trizas de aquel nuestro estandarte...

Nos dijeron: "No luchéis porque es inútil." Y les creímos.

Nos dijeron: "Rendíos ahora y vivid luego." Y les escuchamos.

Y te dejé marchar, en aquel silencio fúnebre, con tu maleta de ilusiones perdidas, tedejé perderte en el vacío sin siquiera decirte adiós. Y quise gritar, y quise llorar, y quise temblar, y quise suplicarte que te quedaras; pero callé, porque todavía era una soldado.

Pues escúchame ahora, si entre las sombras del pasado aún estás vivo, escúchame. Porque ahora estoy gritando, ahora estoy llorando, ahora estoy temblando, ahora te estoy suplicando: vuelve a aquí.

Olvidemos que la lucha es inútil, hagamos como si todavía fuéramos niños inocentes, sigamos siendo los temerarios despiadados que combatieran una vez. Y si el mundo nos odia por ello, ¿qué importa? No odies al mundo, por el mundo vamos a luchar.



Intenta alcanzarlo. El sol ahí, sobre el horizonte, tan grande. Pero intenta llegar, Y tus dedos se alargan, finos hilos de plata quebradiza, finos hilos de metal oxidado. Navega hacia el final y él navegará contigo. Mira que se aleja y tú te alejas con él; pero, ¿crees que algún día lo alcanzarás? Un dragón enfurecido entre las olas, sube, baja, monstruo marino... Desvanece tu cólera, apágala, porque el agua apaga el fuego. Sigue. Y su cola se alarga y toca la playa y no toca el sol. ¿Ese es tu sueño imposible? Pero la vida del dragón acaba y... ¿crees que acaba la vida del sol? ¿Crees que estaréis juntos más allá de lo que ves? Última esperanza. Pero, cuanto más pequeño eres tú para la orilla, más pequeño es el sol. Dragón que un día escupiste fuego, lágrimas arrojas ahora; barca muerta en altamar, fantasmas de un ideal imposible. Sigue, sigue, ¡qué importa! Ya nunca llegarás a la orilla, ¿qué importa entonces no llegar al sol? Mar de cristal, guarda silenci, hoy muere en tus aguas un marino más. Mar de cristal, nunca callas, ¿quién te dio esa  fuerza para continuar? El sol y tú nunca estaréis unidos, todo es una utopía desde un rompeolas, todo una ilusión desde el faro. Pero los muertos que poblan tus aguas bien lo saben: todo es inútil. En el mar sólo viven los peces y nadie vive en el sol.



La noche. Danzaban entre las olas barquitos de madera y hacían entre ellos su propia batalla naval. Y eran éstos los restos de tu barca. La noche. Y el mar negro y violeta sonreía, mientras dormía omnipotente sobre su abandonados fondos. La noche. La luna escurridiza espiaba los dominios de su enemigo, desconfiada observaba este rincón perdido: cemeterio de unos, sueño de todos... La noche. Te recogí entre mis arenas y te miré, tú no me pudiste mirar. La noche. Te arrastré hasta el fondo de la isla: una roca, una palmera y una playa. Y tu cuerpo muerto me decía lo que había pasado. Intrépido solitario, hasta la mejor escuadra naufragaría en esas aguas. Tu cuerpo empapado me contaba tu vida. Abriste los ojos, fantasma que trata de escapar, y ellos me dijeron a donde ibas. Y ya has llegado. La noche. Porque éste es el final de tu camino. aquí es donde acaba el sol. Hay un lugar para todos y éste es el lugar para los peregrinos. La noche. Queda ahí, ¿y qué sientes? Nada. Pero te digo que es aquí donde quisiste llegar.




Mira, hoy bajan las estrellas para ti, y te abrazan, y te estrechan entre sus brazos invisibles. Yo no las puedo ver, pero sé que están ahí y brillan para ti.

En mi cuarto brillan las estrellas, brillan para ti y para mí, han bajado para nosotros. Mira, ¿ves reflejarse las estrellas en el mar? Yo tampoco, pero sé que están ahí, por ti y por mí.

Mira, mira más allá, esa roca solitaria precipitándose al vacío.... ¿Sabes por qué? Mira, esa estrella fugitiva... tú y yo.

Mira, hoy la Tierra gira para ti, para que la contemples desde tu universo, ¿y no le vas a dirigir la mirada? ¿Vas a volverle la espalda? Mira que todo es por ti.

Tú y yo, y el mundo: universos paralelos. Esa estrella que imaginas es tu estrella, y no la imaginas, está ahí; abre los ojos, deja de leer: mira. ¿No la ves? ¡Vamos! Mis palabras son estrellas. Todo son estrellas si lo miras bien. ¿Y vas a dar la espalda a todo? Mira que todo es por ti, mira que todo eres tú.

Tú y yo, mira bien, tú y yo, ¿qué somos? ¡Estrellas! ¿Y te vas a dejar extinguir? Brilla, brilla, estrella fugitiva, brilla y no huyas, porque Dios creó el cielo para tu luz.

¿Por qué lloras? ¿Por qué tu corazón llora silencioso al leer estas palabras? Una lágrima es un universo perdido y yo no quiero que te pierdas en ninguno, porque el vacío es muy frío. ¿Lo has tocado alguna vez? Yo sí, está helado y tu estrella se enfriará allí. No llores,brilla; simplemente, brilla.

Mira, hoy los ríos parecen secarse ante mis ojos, hoy parece retroceder el mar, mi barco se aleja y se aleja a la deriva; hoy, hoy hay un precipicio más allá en el mar, y el mar se marcha y cae. ¿Sabes porqué se va? Yo no quiero que se vaya. Le digo: "Mar, tú no." Pero... huye y se pierde en un abismo oscuro. "Mar, no te vayas..." le suplico. Pero...

Yo lloro. ¿Tú no? Pero el cielo me dice: "es por ti." Y yo ya he utilizado antes estas palabras.

Mira que somos estrellas fugitivas, o podemos verlo. El mar no retrocede, soy yo y puedes ser tú. Brilla, brilla como brillan las estrellas porque sé que están ahí, brilla y el mar se quedará para ti. El mar es tu vida, si tú huyes, tu vida huye, todo huye, ¿y sabes qué es un universo huido?

Porque yo lo vi una vez, pero no lo veré más. Me gustaría hacerte esta promesa.

orquidea


El lánguido mundo que habitamos todos se despierta apenas unos segundos, para sacudirse una vez más la pesadilla fugaz que perturba su sueño de indiferencia. Y finge estupor, o incluso cree él mismo que está sorprendido; lo cierto es que realmente no puede comprender.

Nunca comprendió. Nunca se molestó en mirar en los rincones sucios, en las papeleras donde la gente depositaba aquello que no quería. Nunca miró de frente sino de reojo aquellas pintadas que manchaban las paredes perfectas que admiraba. Pues lo que queda al margen no ha importado nunca a los que a su costa avanzan.

Y el mundo avanza, ajeno a los remordimientos gracias al sedante de la ignorancia y al estimulante del triunfo vano, al que para nuestra desgracia todos aspiramos. El mundo no quiere comprender, porque para entender tendría que bajarse al lodo del que surgen las pesadillas y mancharse con él, cubrirse con su desgracia y sentir el pánico que domina los fondos baldíos.

Como un fogonazo, así es la rabia, nada la expresa mejor. ¿El odio? El odio es un sentimiento más profundo, te quema por dentro, te ahoga... El odio existe pero... no es el odio el que te empuja a actuar. El odio es tal vez tan sólo la excusa, te enfundas en él porque el mundo lo conoce, porque es la explicación más sencilla y sólo algo simple éste parece entender.

La rabia es un fogonazo; surge de tus entrañas y no la puedes detener. Quizá tampoco quieras; quizá estés cansado ya de hacerlo. Cansado de contener tus emociones, tus frustraciones constantes, tus sueños estrellados contra muros que nadie levantó. Cansado ya de gritar tus sentimientos para que no sean escuchados, cansado de llorar tus fracasos sin que a nadie le importe, cansado de sufrir y nada conseguir.

Le pregunto al mundo si sabe realmente lo qué es la desesperanza o la desesperación. Le pregunto si conoce el espectro de grises, y la falta de matiz de la ausencia de color. Desde luego, como siempre, no espero contestación.

El mundo dice estar consternado. Me entran ganas de reír. Es una risa amarga, vieja y profunda; una risa de desprecio y una risa de dolor. El mundo dice estremecerse con el espasmo, pero cuando mira a aquél no duda en clasificarlo: un loco, tal vez, un hombre malvado, eso seguro.

El mal es un árbol con muchas ramas y una sola raíz. Es curioso contemplar cómo se molesta el mundo en podarlo siempre y nunca se le ocurre escarbar para tratar de hallar el principio y el fin. Es curioso cómo tratamos de cubrir nuestras heridas en vez de curarlas, o cómo tapamos nuestra desnudez en vez de aceptarla.

Somos seres paradójicos, por mucho que tratemos de ser coherentes. Intento razonar y reconozco que lo hago con el corazón. Yo conozco el dolor, conozco la rabia. Admito que incluso cuando caminaba por las calles perfectas mi curiosidad me llevaba a escudriñar los callejones. Pero he visto demasiados callejones ya; muchos se convirtieron en mi hogar.

Ahora debo confesar que desprecio este mundo más que nunca, pero aún me queda la humanidad. Todavía puedo mirar a los ojos de la gente anónima y sentir compasión, y desear vivir por ellos. Mas diré que entiendo a aquellos de miradas frías que hace tiempo dejaron de sentir. Entiendo a aquellos de miradas encendidas cuyos sentimientos retorcidos surgen de demasiado dentro. Entiendo este mundo también, aunque no quiera aceptarlo.

Y me río de su estupor; a mí ya nada me sorprende. Me río de su estupor y le invito, si verdaderamente quiere comprender, a que viaje conmigo a las profundidades de su propia existencia, donde el sufrimiento aun injustificado habita sin tregua, y conozca de primera mano dónde, cuándo, cómo y porqué surgen de la luz las sombras.



Me he quedado mirándote y me has parecido hermosa. Sé que la gente no suele ver belleza en los insectos, y menos en aquellos como tú, que a veces nos hacéis daño.

He visto como empezabas a construir tu hogar, tan chiquitín ahora; una casa delicada firma de la arquitectura sabia de la madre naturaleza. Muchos, si te descubrieran en mi lugar, no dudarían en destruirla. Medidas preventivas, ya sabes; pocos quieren tener un enjambre cerca.

Te he encontrado en la fría e inerte piedra, en un agujero cilíndrico perfecto, realizado por alguna máquina sin alma. Hay belleza también en esta roca; ese granito rosado que te da cobijo sin saberlo, tan sólo un gran pedrusco abandonado en mitad de una ladera.

Me fijo en cada una de sus incrustaciones y me parece descubrir un universo nuevo y complejo.

Avispa, hoy te observo trabajar en tu refugio y me parece descubrir un nuevo santuario. Un santuario al gran misterio de la vida, y a los aparentemente insignificantes elementos que la componen, como tú y como yo. Un lugar de contemplación de la hermosura de la existencia, que se esconde en los lugares más insospechados.

Más allá de las grandes obras, más allá de los arquetipos que admiramos, o tal vez a la sombra de ellos, vivís tú y tu roca. Allí, en cualquier rincón de esos que pasamos de largo, está una muestra más de que en lo cotidiano hay una hermosura indescriptible, y que incluso en aquello que despreciamos podemos llegar a encontrar algo digno de respetar.

Yo, avispa, te respeto, y hasta te miro con ternura; incluso cuando ese cierto temor innato a ser víctima de tu picadura no me abandona. Es tu naturaleza; no puedo culparte por ser quien eres. Sólo puedo aceptarte, y tratar de comprender.

Me tengo que marchar. Voy a seguir mi camino por esta senda que es la vida. Te deseo lo mejor, que en tu caso tal vez no sea más que vivir por este día. Sé que no sientes nada, y que no me puedes entender. Deja pues que sienta yo por ti y te diga que tu humilde existencia tiene tanto sentido como la mía.

Todos nosotros somos parte indivisible del tejido complejo del cosmos, avispa, todos sin excepción. Y cuando partas, tan bella en muerte como lo fuiste en vida, el universo sentirá tu pérdida y te dirá adiós. O tal vez tan sólo hasta luego.

La avispa construyendo su refugio



Digo que te quiero, y en verdad lo hago, tal vez te ame demasiado. Te miro y te sonrío y deseo acariciarte, aunque sé que tu rechazas el tacto áspero de mi mano sobre tu piel, sé que te incomoda y por eso me retracto. Te observo tan sólo.

Tú también sueles posar tus ojos sobre mí, y por largo tiempo así permaneces inmóvil. Siempre me pregunto qué piensas, siempre me pregunto qué sientes; sé que no me quieres.

Tal vez incluso, pienso fríamente, deberías odiarme. Deberías guardarme rencor por retenerte aquí, a mi lado, egoístamente. Si te diera a elegir, ¿verdad que preferirías marchar?

Hay lugares donde podrías vivir mucho mejores. Yo los veo, veo a tus semejantes habitar allí y no puedo salvo reconocer al menos ante mi misma que sí, que serías más feliz así, y eso me duele.

Me duele porque no quiero perderte. Me duele porque no pienso dejarte ir. Me duele porque tengo que elegir entre hacerte daño a ti o infringírmelo a mí. Y me duele, definitivamente, porque al final elijo quedarme contigo y eres tú al final la que pierde y sufre.

Realmente no te quiero, ¿verdad? Si te amara de verdad, no te mantendría encerrada en un espacio que ya es demasiado pequeño, no te coartaría la libertad que por nacimiento te pertenece y por derecho te has ganado.

Sufro a veces pensando en ti; sufro pensando en mí. Te necesito a mi lado, Tyson, aunque sé que yo para ti no significo nada. Sé que no me echarías de menos si te abandonara un día; puede que si pudieras hasta me darías las gracias.

Éste no debería ser tu hogar, esto es tan sólo una prisión en la que te he encerrado por capricho. ¿No hay algo de sádico en mi comportamiento? ¿Por qué digo entonces que te quiero?

Porque te quiero, pero mi amor no es sano, si bien es puro. Tyson, si pudieras comprenderme... si pudieras entender el significado de mis palabras cuando te hablo...

Perdóname, por favor, perdóname por no tener valor para romper las cadenas que nos unen.

Las cadenas físicas, esas podría romperlas fácilmente, supongo, pero las afectivas que nos unen, esas son las que nos atrapan.

Sé que no lo entiendes, sé que el amor es un concepto abstracto que para ti no significa nada. Pero el amor, Tyson, todos dicen que el amor es sublime...

Esos que lo dicen no deben conocernos, pequeña, porque el amor es tu cárcel y yo, tu amante, soy tu verdugo.



Hola Nadie:

No hay nada que hoy te quiera decir, no es ningún sentimiento especial el que me guía a ti. Es sólo una extraña y vaga sensación, un presentimiento, una cierta idea que se ha empezado a forjar en mi mente, instigándome, amedrentándome.

Todo es injusto y la posibilidad de una injusticia más me lleva a este papel. No quiero decir lo qué me preocupa; me da miedo, supongo, el "qué dirán". Mucho he criticado a aquellos que se dejan influenciar por terceros en cuanto a apariencias y no tienen valor para presentarse como ellos mismos se gustan: pero, sin embargo, yo soy la más cobarde de todos ellos porque no me atrevo a expresar mis ideas y sentimientos, a defender el por qué mis acciones u omisiones ante los demás.

Hay un leve augurio que planea sobre mí, que salta de neurona en neurona atormentándome, mas temo comentar su presencia y callo con cierta hosquedad, temerosa de que mis escasas palabras delaten mi sentimiento.

¿Qué estará pasando ahora? ¿Qué ocurrirá mañana?

El sol se levantará, eso es lo único que tengo por seguro, y la inseguridad me abruma...

A veces trato de caminar con aparente firmeza y de hablar con aparente convencimiento, pues dicen que importa más el cómo que el qué. Pero es todo una gran mentira, una enorme farsa que por alguna parte tiene que quebrarse e incluso que explotar.

Hoy se resqubraja ligeramente el armazón de apariencias construido. Hoy aquí, a solas, sobre este papel, expulso mis miedos apenas contenidos, mis temores apenas sostenibles.

Diminuta es la gota que colma el vaso, diminuta pero suficiente para el agua verter; y aunque apenas visible, esa gota de sangre es y como sangre derramada duele.

Azul es el color con el que escribo; azul, color de la serenidad... Es hoy para mí como un gran océano, ese océano colmado por la pequeña gota, ese mar de sangre acumulada por los años, pequeños cortes que nadie ha notado, leves heridas ante las cuales no me he querido inmutar.

Hoy todas ellas están presentes, de algún modo abstracto, para inundar mi estenuada mente con sus pesadas cargas.

¿Qué estará ocurriendo ahora? ¿Será mi temor infundado? ¿Tendré verdaderos motivos para estar asustada?

Quiero llorar pero no puedo. No tengo ningún motivo para hacerlo hoy en especial; pero hay demasiados momentos que he ido acumulando en mi interior, demasiados momentos de silencio forzado que ahora esperan sus oportunidad para dejar aflorar su dolor o su rabia a la temida realidad.

¿Qué pasará mañana? ¿Podré romper este papel, hacerlo trizas? ¿Tendré que guardarlo para siempre y recordarme que, de nuevo, cometí un error?

Injusto es el mundo, Dios, crueles los que nuestros destinos guardan, crueles los que son verdaderos inductores de nuestros designios. Difícil es elegir cuando todos los caminos son tenebrosos, dífícil seguir por estas retorcidas sendas cuando nunca en ninguna de ellas alumbra el sol.

Hoy quisiera llorar, pero no tendría sentido. Hoy estoy temblando y sé que igualmente es absurdo. Ayúdame a continuar, a superar mis miedos y mis penas, a superar las dificultades que ese alguien maligno crea.

Estoy sola, tengo miedo, me falta valor.

¿Qué estará ocurriendo ahora?

una garza en el Ega (Estella)


Paseando entre las fuentes eternas, donde se purgan las almas, encontré la paz. Vagando sin consciencia, dejándome regar por sus aguas, olvidando la existencia, pude por fin descansar. Sin embargo, fue mi viaje efímero, pues he despertado a la otra realidad.

Y ahora, que deambulo de nuevo entre las tierras yermas de mi ser, que aspiro y sufro, que amo y siento, y mi corazón se aflige, en este gran desierto de oasis diminutos intento recordar. Intento recordar, en vano, el sabor del agua plena, su tacto sobre mi piel; intento volver, a aquel lugar tal vez tan sólo ficticio que recorrí una vez.

Fuentes eternas, es la felicidad un estado transitorio y el dolor un ancla con la realidad.

Fuentes eternas, donde no hay sufrimiento, no hay vida, ¿verdad?

Entonces, cuando paseaba entre vosotras y contemplaba la grandiosidad del universo, cuando entendía aún sin ser instruída, abría los ojos y veía aquello que no se debe ver, entonces, mis fuentes apenas recordadas y siempre añoradas, ¿soñaba tal vez?

Es un sueño efímero lo que persigo también, un espejismo en este desierto, algo que creo vislumbrar y nunca alcanzaré.

La felicidad que conozco es tal vez un estado transitorio, pero arrastrándome por estas dunas, al borde de la muerte, hago una promesa: que en el siguiente oasis que encuentre me quedaré largo tiempo y descansaré, porque tal vez el agua de sus pozos no calme la sed eterna del alma, pero al corazón fatigado lo hace reposar.

Fuentes eternas, entre las arenas inconmensurables renuncio a vosotras y con la sangre que no se ve pero siempre se derrama sello mi cobarde promesa. Tal vez no halla próximo oasis, tal vez así perezca; y cuando el cuerpo muera y el espíritu se pierda, cuando tenga que volar, tal vez seais clementes, fuentes eternas, o tal vez, simplemente, mi sueño por siempre como humo se disperse y se disuelva.

La felicidad del oasis es transitoria y, sim embargo, ese instante fugaz es lo único a lo que nosotros, nómadas de las arenas, podemos a veces aferrarnos, cuando el sol inclemente nos abrasa y la fría noche nuestras almas hiela. Por eso, en este momento de debilidad, olvido los sueños, rechazo buscar vuestras sendas, y trato de seguir, y pido perdón aunque no espere respuesta, aunque sepa demasiado bien que vuestra compasión, aguas sin medida, ni existe ni probablemente la merezca.



Con las nuevas imágenes bailan las palabras, al compás de una canción que nunca se ha escrito. Los acordes secretos sólo ellas conocen, sólo ellas escuchan, ondas de la creación del universo que todos una vez conocimos y pronto olvidamos, perdidas las notas en los tiempos remotos cuando éramos uno. 

Las palabras hablan, las palabras cuentan, las palabras crean. 

En los tiempos remotos que pocos recuerdan, cuando los ríos eran libres y los mares señores de sus dominios, aprendimos que éramos hijos del trueno y envueltos en tormenta desatamos tempestades. La tierra tembló entonces, ella que era nuestra madre, y se compadeció de nosotros, porque la clarividencia es un don de aquellos cuyas edades son demasiado largas para contar con estas estaciones. Orgullosos y pendencieros nos volvimos, e incluso a los reyes de las aguas desafiamos entonces, nosotros que teníamos el poder del fuego. 

Hijos de la tormenta, buscamos en su ruido ensordecedor satisfacción y consuelo, y contemplamos su luz cegadora, sobrecogidos a veces, exultantes otras. Hijos de la tormenta, vemos alzarse las llamas con admiración y deseo. 

Mas el compás al que baila el fuego ninguno lo conoce, pues las canciones que creemos componer ya fueron antaño escritas y nosotros sólo somos depositarios de una sabiduría común y al mismo tiempo proscrita por todos. 

Buscamos el conocimiento y lo rechazamos, porque somos impetuosos como las llamas con las que nos abrigamos, y cuando llega la calma y el silencio, cuando el vacío trata de envolvernos, cuando nos cubre el agua, muchos sentimos terror. Mas las voces quedas que nos llegan del alma sólo pueden escucharse en la quietud; las luces más tenues sólo son visibles en la tiniebla. 

Somos hijos del relámpago  y nietos de las sombras, pero eso ya lo hemos olvidado.


Somos el eco de un trueno.



Ah, cuántas veces hemos recorrido este mismo camino, tropezando con la misma piedra, cuántas veces... tantas que hemos memorizado cada uno de nuestros traspiés, y, sin embrago, seguimos obstinadamente cayendo en la misma trampa. Tal vez nos guste equivocarnos, quizá en el fondo encontremos un retorcido placer en nuestro propio fracaso, o tal vez tan sólo hallemos una rutina conocida que no es tan incómoda como puede serlo, hipotéticamente, ese triunfo que todavía no conocemos. Y por eso andamos de nuevo esta misma senda y cuando llega la piedra, podríamos esquivarla, sí, pero preferimos dejar que nuestro pie la roce apenas para así caer.

... ... ...

Cuando surgen las nubes en el cielo, cargadas de tormenta, cuando arrecia el viento y se torna en vendaval y arranca nuestros sueños como si fueran simple paja ya secada  por el sol, muertos ya antes si quiera de tener la posibilidad de asomarse a la vida;

cuando el mundo es frío y húmedo y no hay ni consuelo ni abrigo, cuando vivimos en la oscuridad y aun anhelando la luz seguimos rechazando aquellos que con sus débiles antorchas tratan de templar la escarcha que nos ha vencido, cuando no hay destino porque hace tiempo ya renunciamos a todos los caminos y tirados en la cuneta maldecimos nuestra suerte sin entender que cada uno escribe su sino;

cuando vivimos en el mundo de las tinieblas, en los pozos profundos que cava el alma dolida sin entender que está enterrando sus esperanzas en tumbas que nadie profanará jamás, porque están malditas;

entonces, entonces tal vez sólo nos quede la ayuda de los moradores de la sombra, esos que portan luces que no alumbran y sin embargo, penetran la misma oscuridad eterna;

escucha, proscrito, las voces de aquellos que conocen todos los caminos, porque hay salida. Siempre hay salida.



 
   
Top